¿Qué es la cultura?

 



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La sinceridad: literatura, cine y teatro

Se comprometen en fin de año, justo a medianoche, mientras en la ciudad estallan los castillos de fuego y la gente se abraza: en las casas, en las calles, en las salas de fiesta. Para los dos se acaba la  época de amistad y comienza el noviazgo que los ha de llevar al  matrimonio. ¿Cuándo van a casarse? Lo decidirán más adelante;  ahora la emoción es demasiado fuerte. Se miran uno en los ojos del otro y se juran amor y fidelidad eternos. Deciden librarse de los líos  más o menos amorosos que cada uno tenía hasta ahora. Se prometen  también ser completamente sinceros el uno con el otro; no mentirse  nunca.

—Seremos completamente sinceros el uno con el otro. No nos mentiremos nunca, bajo ningún concepto ni con ninguna excusa.

 —Una sola mentira sería la muerte de nuestro amor.

Estas promesas los emocionan todavía más. A las dos de la mañana se duermen en el sofá, cansados, uno en brazos del otro. Se levantan al mediodía, con resaca. Se duchan, se visten, salen a la calle con gafas de sol.

—¿Vamos a comer? —dice él.

 —Sí. Por mí poca cosa. Con un par de tapas me basta. Pero tú  debes de tener mucha hambre.

Él está a punto de decir que no, que cualquier cosa le va bien, pero  recuerda la promesa.

—Sí. Tengo hambre. Pero me conformo con unas tapas. Tú comes un par y yo como más.

 —No. Tú debes querer sentarte a una mesa. ¿No prefieres que  vayamos a un restaurante?

Han prometido ser completamente sinceros uno con otro. Por tanto no puede decirle lo que le habría dicho: que ya le va bien tomar unas tapas en un bar. Ahora tiene que reconocer que realmente prefiere ir a un restaurante y sentarse a una mesa.

 —Pues vamos —dice ella—. ¿Vamos a aquel restaurante japonés  donde fuimos hace una semana y que te gustó tanto?

La semana pasada todavía no se habían prometido ser  completamente sinceros el uno con el otro. Además, él nunca dijo que el restaurante japonés le hubiese gustado. Lo recuerda con claridad: a  instancias de ella, había dicho que el restaurante le había parecido  bien, fórmula que no expresaba el entusiasmo que ahora ella pone en  su boca.

 —Te dije que me había parecido bien, no que me hubiese gustado.

 —Es decir: no te gustó.

Tiene que confesárselo:

 —Odio la comida japonesa.

Ella lo mira a los ojos, ceñuda:

—Sabes que a mí me gusta mucho.

 —Lo sé.

Duda si la promesa lo exige o no, pero como prefiere traicionarla por exceso que por defecto declara el resto de lo que piensa: que  precisamente una de las cosas que le disgustan de ella (y que tiene  que ver con cierta actitud que ella considera esnob pero que en el  fondo no es más que chabacana) es su afición a ir siempre a esos  restaurantes que sustituyen la buena cocina por las relaciones  públicas. Ella le dice que es un imbécil. Él se ve obligado a decirle que no se siente nada imbécil y que está convencido de que, si hubiese  que demostrar quién posee un cerebro más potente, el de ella no  saldría ganador. Estas palabras terminan de ofender a la muchacha,  que lo abofetea, iracunda, mientras vuelve a decirle que es un  imbécil, un imbécil crónico, que lo será toda la vida y que no quiere  volver a verlo nunca más, propuesta con la que él está  inmediatamente de acuerdo.

Quim Monzó (1952-)

El porqué de las cosas, Anagrama, 2005



Con el corazón en la mano (págs. 23-25): Documento en pdf con la versión teatral de Fernando Bernués, basada en la obra de Quim Monzó (Alicante, BIMICESA-TANTTAKA, 2002)


Propuesta didáctica de Camila Lee Cardoso en Todoele

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